martes, 4 de septiembre de 2012

Patria socialista, internacionalismo proletario y revolución mundial

Lenin en el debate sobre el tratado de Brest-Litovsk
Por S. Fiume
La línea punteada, en la izquierda, indica la posición del ejército alemán en diciembre de 1917, cuando se acordó el armisticio. El área de color rosa muestra el territorio ganado por los alemanes con el Tratado de Brest-Litovsk, que en su mayor parte ya había sido ocupado antes del tratado. La línea continua de la derecha indica el nuevo límite occidental de la república rusa soviética.
Ante el nacionalismo burgués y pequeñoburgués, los comunistas siempre respondieron con lo dicho por Marx y Engels en el “Manifiesto del Partido Comunista”: “Los obreros no tienen patria”. Esta es la base inicial sobre la que se levanta el principio del internacionalismo proletario. La fundamentación de esta afirmación es de sobra conocida, tiene que ver con el carácter internacional del capital y en consecuencia con el carácter internacional de su sepulturero: el proletariado.

En principio, la línea divisoria entre el marxismo y el oportunismo en este punto estaba claramente delimitada por el “Manifiesto”. Sin embargo, la revolución de Octubre, la conquista del poder político  por el proletariado ruso, la instauración de la dictadura del proletariado y la edificación del socialismo en Rusia, obligaron a actualizar y desarrollar el principio del internacionalismo proletario.

Después de Octubre, los obreros sí tienen patria

La conquista del poder por una de las secciones del proletariado mundial –el ruso–  inauguró la época de las revoluciones proletarias y la creación de la URSS abrió el camino a la formación de un campo socialista.

Las ideas predominantes entre los marxistas antes de Octubre establecían la necesidad de que el proletariado triunfante inicie la “guerra revolucionaria” para contribuir a, que en los principales países de Europa (especialmente Alemania),  estalle la revolución proletaria “mundial”, lo que a su vez ayudaría al proletariado del primer país vencedor a sostenerse en el poder.

Esta era una derivación de la teoría de la simultaneidad (o casi simultaneidad) de la revolución. Se pueden encontrar los rasgos de esta teoría en algunos escritos de Engels. Incluso en el “Manifiesto del Partido Comunista” publicado en 1848 se encontrará la dirección en ese sentido.
 
Los oportunistas al criticar a Stalin y a los marxista-leninistas por supuestamente olvidar el internacionalismo proletario y la revolución internacional, por su defensa de la URSS, siempre citan como por impulso que “los obreros no tienen patria”, pero pasan por alto el resto del párrafo donde esa expresión está incluida:

“Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen. Mas, por cuanto el proletariado debe en primer lugar conquistar el poder político, elevarse a la condición de clase nacional, constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués.”

La expresión “todavía es nacional” enfatiza el carácter inicial de esa conquista del poder y la elevación de una sección del proletariado internacional a la condición de clase nacional, dado que la revolución debe triunfar inicialmente en un país concreto (que la Historia determinó que fuera la Rusia de 1917). Pero el carácter nacional de esa conquista del proletariado ya no es “de ninguna manera en el sentido burgués” sino que está signada por las tareas socialistas que debe emprender. Es interesante señalar que el “Manifiesto” fue escrito cuando las revoluciones de 1848 estaban anunciando lo que se venía (“Un fantasma recorre Europa…”), veintitantos años antes de que Marx encontrara -en la experiencia revolucionaria de la Comuna de París- lo que sería su mayor contribución: que toda la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado. (Carta a Wedemeyer, 5 de marzo de 1852, en Marx-Engels, O.E. en tres tomos, t. 1, Progreso, Moscú). Y sin embargo, existe una coherencia notable en su teoría de la revolución.

Después de Octubre, Lenin desarrollaría el contenido de la expresión: “aunque de ninguna manera en el sentido burgués”. Específicamente, fue en los meses inmediatos a Octubre, cuando se discutía la paz de Brest-Litovsk. En ese debate podemos encontrar las bases del desarrollo del principio del internacionalismo proletario y la revolución internacional, luego de inaugurada la época de las revoluciones proletarias, con el establecimiento del primer país socialista y el inicio de la edificación del socialismo.

Cuando el avance alemán amenazaba con tomar Petrogrado, ante la negativa de los “comunistas de izquierda” y aliados a la firma del tratado de paz con Alemania, el Partido bolchevique llamó a la defensa de la patria socialista:

“Hasta que el proletariado alemán se alce en armas y venza, el deber sagrado de los obreros y campesinos de Rusia es defender con abnegación la República de los Soviets contra las hordas de la Alemania burguesa e imperialista.
¡La patria socialista está en peligro! ¡Viva la patria socialista! ¡Viva la revolución socialista internacional!”
(Lenin, “¡La patria socialista está en peligro!”, 8(21) de febrero de 1918, O.E. en 12 tomos, t. 07, Progreso, Moscú, 1973).

Por primera vez de manera clara, a sólo unos meses de la revolución de Octubre, Lenin no sólo acuñaba una expresión o lanzaba una simple consigna, sino que incorporaba un nuevo concepto a la teoría marxista, el concepto de la “patria socialista”. A algunos “perspicaces” se les ocurrirá señalar el carácter temporal y relativo de ese llamamiento, dado que el mismo Lenin dice: “hasta que el proletariado alemán se alce en armas y venza…”. Sin embargo, Lenin se encarga de aclarar esto en la sustentación de su tesis:

“…Somos defensistas desde el 25 de octubre de 1917. Somos partidarios de “la defensa de la patria”; pero la guerra patria hacia la que nos encaminamos es una guerra por la patria socialista, por el socialismo como patria, una guerra por la República Soviética como destacamento del ejército mundial del socialismo.
“¡Odia al alemán, muera el alemán!”: tal ha sido y sigue siendo la consigna del patriotismo corriente, es decir, del patriotismo burgués. Pero nosotros diremos: “¡Odia a los bandidos imperialistas, odia al capitalismo, muera el capitalismo!” Y al mismo tiempo: “¡Aprende del alemán! ¡Sé fiel a la alianza fraternal con los obreros alemanes! Se han retrasado en acudir en nuestra ayuda. Pero nosotros ganaremos tiempo, los esperaremos, y ellos vendrán en nuestra ayuda.
(Lenin, “Las tareas principales de nuestros días”, 11 de marzo de 1918, O.E. en 12 tomos, t. 8, Progreso, Moscú, 1973)

El socialismo como patria y el deber internacionalista de la revolución socialista victoriosa

En esta coyuntura crítica para la amenazada revolución rusa, Lenin introdujo dos cuestiones importantes que desarrollaron el principio del internacionalismo proletario y la teoría de la revolución proletaria: 1) el socialismo como patria y 2) las tareas de la revolución socialista triunfante en relación con la revolución mundial. Para Lenin, ambas tienen como denominador común –por supuesto– los intereses de la revolución proletaria mundial.

Desde esa perspectiva, la sección del proletariado que ha triunfado y el proletariado internacional en general deben defender la revolución socialista victoriosa y contribuir a su fortalecimiento. La defensa de la patria socialista no es exclusivamente el deber de la sección victoriosa del proletariado sino el deber del proletariado internacional en su conjunto; porque lo que se defiende no es un territorio, una nacionalidad, una cultura especifica, lo que se defiende es el socialismo como patria, definida como base de apoyo de la revolución proletaria mundial y escenario de la materialización de los principios marxista-leninistas de construcción del socialismo.

De esta forma, con el nacimiento de la Rusia soviética (y después con la creación del campo socialista) se pudo decir: “Los obreros ya tienen patria, es la patria socialista, la patria de todos los obreros del mundo. ¡Que no se os arrebate!”. Con el triunfo de la revolución proletaria en uno o varios países, a partir de 1917, la consigna del “Manifiesto” (“los obreros no tienen patria”) dejó de ser actual, ya no correspondía en su integridad a la realidad (aunque la restauración del capitalismo en los países socialistas, la derrota temporal del proletariado, haya restablecido la vigencia de esa consigna).

Ahora bien, ¿cuál debe ser la actitud de la revolución triunfante en relación con sus tareas hacia la revolución proletaria mundial? Lenin esbozó esto en 1915, antes de Octubre:

"La desigualdad del desarrollo económico y político es una ley absoluta del capitalismo. De aquí se deduce que es posible que el socialismo triunfe primero en unos cuantos países capitalistas, o incluso en un solo país capitalista. El proletariado triunfante de este país, después de expropiar a los capitalistas y de organizar la producción socialista dentro de sus fronteras, se enfrentaría con el resto del mundo, con el mundo capitalista, atrayendo a su lado a las clases oprimidas de los demás países, levantando en ellos la insurrección contra los capitalistas, empleando, en caso necesario, incluso la fuerza de las armas contra las clases explotadoras y sus Estados."
(Lenin, “La consigna de los Estados Unidos de Europa”, 23 de agosto de 1915, O.E. en 12 tomos, t. 5, Progreso, Moscú, 1973)

En este artículo, Lenin habló por primera vez sobre la posibilidad del socialismo en un solo país, no solamente del triunfo de la revolución en un solo país ni de la dictadura del proletariado en un solo país, sino del socialismo en un solo país. Aquí Lenin dice claramente que el proletariado triunfante debe “expropiar a los capitalistas” y “organizar la producción socialista dentro de sus fronteras”. La pregunta que cabe es: ¿qué significa desde el punto de vista marxista “organizar la producción socialista”? La respuesta no puede ser mejor ejemplificada que con la experiencia histórica de la construcción del socialismo en la URSS bajo la dirección de Stalin.

Pero además de eso, Lenin en 1915 define teóricamente la tarea de la revolución socialista triunfante, prefigurando la tesis de la guerra revolucionaria (es decir, la guerra defensiva del proletariado triunfante contra las fuerzas imperialistas agresoras). Mas la cuestión de la actitud de la revolución triunfante en relación con la revolución mundial adquiere contenido sólo después de Octubre, cuando se vive la experiencia de una revolución triunfante en medio de condiciones desfavorables y convulsas, en las condiciones de una guerra mundial en desarrollo y el triunfo del proletariado en un país atrasado desde el punto de vista capitalista y por añadidura devastado por la guerra.

Los bolcheviques habían triunfado en Octubre ganándose a la clase obrera, al campesinado y al ejército, entre otras, con la consigna de la paz, en medio de una guerra donde el ejército ruso había tenido más bajas que todos los países beligerantes juntos. Inmediatamente después de la toma del poder, los bolcheviques propusieron la paz a todos los países beligerantes y desmovilizaron a su ejército. Alemania tenía interés en firmar la paz con Rusia, lo más pronto posible, para abocarse de lleno a la lucha en el frente occidental contra Inglaterra y Francia. En el Partido bolchevique había renuencia para firmar una paz por separado con Alemania. Los imperialistas alemanes, a su vez, se sentían apremiados por la debilidad de su frente occidental y a medida que pasaba el tiempo exigían que el nuevo poder soviético se decida a negociar y firmar la paz, amenazando con avanzar hacia la capital rusa. Por su parte, los aliados ofrecían ayuda a los bolcheviques para que continúen en la guerra contra Alemania. Presiones de ambos bloques de potencias imperialistas y discrepancias en el seno del Partido bolchevique, eran parte del marco en el que se desarrollaría el debate sobre la paz de Brest-Litovsk (para no mencionar la profunda crisis económica, la paralización de la producción, la escasez de alimentos, la actividad contrarrevolucionaria, etc.)

Los “comunistas de izquierda” se oponían al tratado de paz con Alemania y proponían llamar a la guerra revolucionaria. El concepto de guerra revolucionaria fue planteado por Engels, y sostenía la posibilidad de guerras defensivas del proletariado victorioso contra la burguesía de otros países (Carta a Kautsky del 12 de setiembre de 1882 en Marx-Engels, O.E. en tres tomos, t. 3, Progreso, Moscú). Bujarin y sus seguidores sostenían que, ante la amenaza del imperialismo alemán, lo único acorde con los principios comunistas era llevar adelante la guerra revolucionaria para estimular la revolución en Alemania; que firmar la paz era una traición a la revolución mundial; que esa paz en el hipotético caso de dar un respiro a Rusia, permitiría a la reacción alemana aplastar el movimiento revolucionario liderado por Liebknecht; que si era necesario había que sacrificar la revolución rusa en aras del estallido de la revolución en Alemania; que el triunfo de la revolución en el país más desarrollado de Europa, con el proletariado más avanzado, permitiría después que el proletariado ruso recuperara lo perdido, etc.

Estas tesis –excepto de la viabilidad de la guerra revolucionaria en ese momento– eran compartidas por Trotsky, sólo que éste vacilaba. Sabía que no existían condiciones materiales y subjetivas para llevar adelante la guerra revolucionaria, condición básica de las tesis de Bujarin, pero se rehusaba a firmar la paz. Una vez más, su política era que los acontecimientos se desenvuelvan por sí solos para luego tomar una posición.

En medio del debate, que –es bueno reiterar– se realizaba en las circunstancias de una guerra mundial, Lenin describió la terca realidad contra la que chocaban las consignas aventureristas de los “comunistas de izquierda” y las vacilaciones de los centristas de “ni guerra ni paz”:

“10. …el principio que debe servir de base a nuestra táctica no es establecer a cuál de los dos imperialismos nos conviene más ayudar en estos momentos, sino determinar cuál es el medio más eficaz y seguro de garantizar a la revolución socialista la posibilidad de afianzarse o, por lo menos, de sostenerse en un país hasta que otros países se adhieran a él.

12 ….Pero el problema de si es posible sostener una guerra revolucionaria ahora, inmediatamente, debe resolverse tomando en consideración de manera exclusiva las condiciones materiales de su realización y los intereses de la revolución socialista ya iniciada.

17. Por tanto, en lo que concierne a la guerra revolucionaria en el momento actual, la situación es la siguiente:
 
Si la revolución alemana estallara y triunfase en los próximos tres o cuatro meses, tal vez la táctica de la guerra revolucionaria inmediata no originaría la ruina de nuestra revolución socialista.

Pero si la revolución alemana no se produce en los meses próximos, el curso de los acontecimientos, de continuar la guerra, será inevitablemente tal que gravísimas derrotas obligarán a Rusia a concertar una paz separada aún más desfavorable; y, además, esta paz no la firmaría un Gobierno socialista, sino otro cualquiera (por ejemplo, el bloque de la Rada burguesa con la gente de Chernov o algo semejante). Porque el ejército campesino, extremadamente agotado por la guerra, derrocaría al Gobierno obrero socialista después de las primeras derrotas, probablemente no al cabo de varios meses, sino a las pocas semanas.

18. En tales condiciones, sería una táctica inadmisible por completo jugarse a una carta los destinos de la revolución socialista, ya iniciada en Rusia, sólo para ver si estalla la revolución en Alemania en un plazo cercano, brevísimo, calculado en semanas. Semejante táctica sería una aventura. No tenemos derecho a correr ese riesgo.

(Lenin, “Acerca de la historia de la paz desdichada”, con las tesis presentadas el 8 (21) de en enero de 1918, O.E. en 12 tomos, t. 7, Progreso, Moscú, 1973).

El socialismo es superior: la piedra de toque

Uno de los argumentos que utilizaban Bujarin y Trotsky era que la posición de Lenin significaba abandonar a su suerte la lucha de algunas naciones por su autodeterminación, al dejarlas a merced del imperialismo alemán. Lenin respondió esas acusaciones desarrollando la teoría del socialismo en un solo país y definiendo la piedra de toque que deslinda el nacionalismo del socialismo:

"20. Al concertar la paz separada nos libramos en el mayor grado posible, en el momento actual, de ambos grupos imperialistas contendientes, aprovechándonos de la hostilidad existente entre ellos y de la guerra –que les impide confabularse contra nosotros–, y conseguimos tener las manos libres durante cierto tiempo para proseguir y consolidar la revolución socialista. La reorganización de Rusia sobre la base de la dictadura del proletariado, sobre la base de la nacionalización de los bancos y de la gran industria, con un régimen de intercambio natural de productos entre la ciudad y las cooperativas de consumo rurales, formadas por los pequeños campesinos, es posible desde el punto de vista económico, a condición de que tengamos asegurados unos meses de trabajo pacífico. Y esa reorganización haría que el socialismo fuese invencible tanto en Rusia como en el mundo entero, creando a la vez una firme base económica para un poderoso Ejército Rojo Obrero y Campesino.
21. En el momento actual, una guerra revolucionaria de verdad sería la guerra de la República Socialista contra los países burgueses con el claro fin, plenamente aprobado por el ejército socialista, de derrocar a la burguesía de otros países. Pero es indudable que en este momento no podemos todavía señalarnos esa meta. Objetivamente, lucharíamos ahora por la liberación de Polonia, Lituania y Curlandia. Pero ningún marxista podría negar, sin romper con los principios del marxismo y del socialismo en general, que los intereses del socialismo están por encima de los intereses del derecho de las naciones a la autodeterminación…"
(Lenin, “Acerca de la historia de la paz desdichada”, con las tesis presentadas el 8 (21) de en enero de 1918, O.E. en 12 tomos, t. 7, Progreso, Moscú, 1973).

Los oportunistas, trotskistas y revisionistas de todo pelaje “olvidan” el principio marxista que sostiene que “el socialismo es superior”, cuando atacan la actitud de Stalin y la URSS en relación con momentos específicos y concretos de las luchas de liberación nacional y de revoluciones en progreso dirigidas por partidos comunistas de algunos países. Olvidan que “los intereses del socialismo están por encima de los intereses del derecho de las naciones a la autodeterminación…”, olvidan que los intereses de la revolución victoriosa están por encima de los intereses de la revolución por venir o en desarrollo, olvidan que los intereses del país del socialismo están por encima de los intereses de las democracias populares, olvidan que la patria que los obreros deben defender es el país de la dictadura del proletariado, olvidan que el proletariado debe luchar por fortalecer y ampliar esa patria socialista. Este es uno de los principios de la teoría marxista-leninista de la revolución proletaria y el internacionalismo proletario. Lenin es muy claro y enfático en cuanto a eso:

“…¿qué es superior, el derecho de las naciones a la autodeterminación o el socialismo?

El socialismo es superior.

¿Es permisible que, para evitar la violación del derecho de las naciones a la autodeterminación, se sacrifique a la República Socialista Soviética, se la exponga a los golpes del imperialismo en un momento en que este último es a todas luces más fuerte y la República Soviética es a ciencia cierta más débil?

No. No es permisible. Eso no es una política socialista, es una política burguesa.”

(Lenin, “Acerca de la frase revolucionaria”, 8(21) de enero de 1918, O.E. en 12 tomos, t. 7, Progreso, Moscú, 1973).

Y esta no es una frase suelta, fuera de contexto, como suelen decir los oportunistas y trotskistas cuando no pueden rebatir las tesis leninistas. Está presente a lo largo de la obra de Lenin después de Octubre y sobre todo en su práctica como líder de la revolución rusa. La creación de la URSS se hizo de conformidad con este principio. Stalin aplicó ese mismo principio en vida de Lenin –cuando le correspondió llevar a la práctica la política bolchevique sobre las nacionalidades en la Rusia soviética– y después cuando fue el dirigente máximo de la revolución proletaria mundial; con esa política se creó, amplió y fortaleció el campo socialista y se impulsó el avance de la lucha del proletariado revolucionario internacional y el movimiento de liberación nacional en los países coloniales, semicoloniales y dependientes, bajo la dirección de Stalin.

¿Qué respondía Lenin ante las acusaciones de que su política significaba renunciar al apoyo a la revolución mundial?

“Desde el punto de vista de la defensa de la patria, es un crimen aceptar la contienda militar con un enemigo infinitamente más fuerte y preparado, sabiendo de antemano que no se tiene ejército. Estamos obligados a firmar, desde el punto de vista de la defensa de la patria, la paz más dura, opresora, salvaje y vergonzosa: no para “capitular” ante el imperialismo, sino para aprender y prepararnos a combatir contra él de modo serio y práctico.”

“…Un país campesino, llevado a una ruina inusitada por tres años de guerra y que ha empezado la revolución socialista, debe rehuir la contienda militar –mientras sea posible, aun a costa de durísimos sacrificios precisamente para tener la posibilidad de hacer algo serio en el momento en que estalle “la batalla final y decisiva.

Esa batalla sólo estallará cuando se desencadene la revolución socialista en los países imperialistas avanzados. Es indudable que semejante revolución madura y se robustece de mes en mes, de semana en semana. Hay que ayudar a esa fuerza que madura.

Hay que saber ayudarla. Y no se la ayudará, sino que se la perjudicará, dejando que sea derrotada la vecina República Socialista Soviética en un momento en que es evidente que carece de ejército.”

“…si determinamos nuestra táctica de hoy en la lucha contra el imperialismo de hoy basándonos en la esperanza de que Liebknecht debe vencer sin falta precisamente en las próximas semanas, sólo nos mereceremos que se burlen de nosotros.”

(Lenin, “Una lección dura pero necesaria”, 12(25) de febrero de 1918, O.E. en 12 tomos, t. 7, Progreso, Moscú, 1973)

En “saber ayudar” a la revolución en otros países radica buena parte de la efectividad de la ayuda del proletariado de la revolución victoriosa. Haciendo oídos sordos a los cantos de sirena de los revolucionarios de la frase, que abogaban por un enfrentamiento directo contra las fuerzas imperialistas en inferioridad de condiciones, Lenin lo puso bastante claro, de tal manera que no cabe ninguna duda sobre el contenido de su tesis sobre el deber de la revolución triunfante en relación con la revolución internacional.

“…En realidad, los intereses de la revolución internacional requieren que el Poder soviético, que ha derribado a la burguesía en el país, ayude a esta revolución, pero que elija una forma de ayuda proporcionada a sus fuerzas. Ayudar a la revolución socialista a escala internacional, aceptando la posibilidad de la derrota de esta revolución en el país dado, es un punto de vista que ni siquiera deriva de la teoría del estímulo.”
“…La revolución alemana madura, pero es evidente que no ha llegado aún a su estallido en Alemania, que no ha llegado todavía a la guerra civil en Alemania. Es evidente que nosotros no ayudaríamos, sino que obstaculizaríamos el proceso de maduración de la revolución alemana si “aceptásemos la posibilidad de la pérdida del Poder soviético”. Con ello ayudaríamos a la reacción alemana, le haríamos el juego, dificultaríamos el movimiento socialista en Alemania, apartaríamos del movimiento socialista a grandes masas de proletarios y semiproletarios de Alemania que no se han incorporado aún al socialismo y que se verían atemorizados por la derrota de la Rusia Soviética, de la misma manera que la derrota de la Comuna en 1871 atemorizó a los obreros ingleses.”
(Lenin, “Peregrino y monstruoso”, 15(28) de febrero de 1918, O.E. en doce tomos, t. 7, Progreso, Moscú, 1973).

La inminencia de la revolución internacional y la realidad concreta

La experiencia de la cruzada de la reacción europea contra las revoluciones de 1848 y la Comuna de París en 1871, llevó a los socialistas y particularmente a Marx y Engels a considerar la necesidad de la revolución simultánea o casi simultánea, esto es, la revolución mundial, como garantía del triunfo de la revolución proletaria. Esta teoría, a la que también se puede denominar la teoría de la reacción en cadena, era la idea de consenso en el seno de la socialdemocracia internacional hasta 1915, año en que Lenin introduce la tesis de la posibilidad del socialismo en un solo país.

En artículos escritos en los primeros años de la Primera Guerra Mundial, Lenin sostiene por primera vez, la posibilidad de que la revolución triunfe primero en un solo país o grupo de países. Por su parte, la teoría de la reacción en cadena establecía también que la revolución podía empezar en un país, pero añadía que la revolución se extendería inmediatamente al resto de países europeos, configurando la revolución mundial del proletariado.

Lo nuevo que introducía Lenin en 1915 era la posibilidad de que luego de la primera revolución triunfante, la revolución no se extendiera inmediatamente al resto de países, que la revolución internacional demorara en estallar. Es decir que hubiera un hiato, peligroso y significativo, con el riesgo de la acción contrarrevolucionaria contra la primera revolución victoriosa. Las circunstancias de la guerra mundial –en la que estaban involucrados precisamente los países cuyos proletariados deberían ser los protagonistas de la revolución internacional– parecían confirmar la necesidad de la casi simultaneidad de la revolución. Lenin mismo, pese a sostener la posibilidad del socialismo en un solo país, parecía contradecirse al señalar que la victoria definitiva del socialismo no era posible sin que la acompañara la revolución internacional. Mas la contradicción es sólo aparente. En realidad, la teoría de Lenin sobre el socialismo en un solo país era una reformulación de la teoría marxista de la casi simultaneidad de la revolución internacional, un desarrollo de esa teoría  de acuerdo a las nuevas condiciones del imperialismo, que aceptaba la posibilidad no sólo de que la revolución no se extendiera al resto de países imperialistas, sino de que la revolución triunfante pudiera sostenerse en medio de un cerco imperialista. En esas condiciones, ¿qué hacer?

Lo que en 1915 era el esbozo de una tesis, tuvo que definirse y desarrollarse ante los problemas a los que el poder soviético se enfrentaba a inicios de 1918. La realidad exigía respuestas concretas. A los bolcheviques, que actuaban en las condiciones de la Guerra Mundial, la revolución internacional les parecía inminente. Las masas proletarias de los países beligerantes estaban cansadas de la sangrienta guerra, que había cobrado millones de vidas y provocado una destrucción sin precedentes en la historia. Las esperanzas estaban puestas en el estallido de la revolución en Alemania, lo que significaría el inicio de la revolución internacional. Rusia había dado el campanazo de la revolución socialista, pero todos esperaban la confirmación de la revolución en Alemania, para poder aspirar a la inmediata instauración del socialismo en el mundo. Las condiciones objetivas maduraban pero la revolución no cuajaba. En el caso de la Rusia soviética de fines de 1917 y principios de 1918, la cuestión de la revolución en Alemania era no sólo de actualidad política sino de una necesidad urgente. El ejército imperialista alemán se cernía como una amenaza concreta y tangible sobre el naciente poder soviético. La existencia de la nueva república soviética dependía de la solución de este problema. En el seno del Partido bolchevique se dieron tres posiciones sobre cómo solucionar esta crisis, pero las tres tenían como punto en común la inminencia de la revolución alemana (el nombre específico de la revolución internacional, en ese momento).

Bujarin llamaba a la guerra revolucionaria para estimular el estallido de la revolución en Alemania. Estaba dispuesto a sacrificar el joven poder soviético de la Rusia atrasada a cambio del estallido de la revolución en la Alemania desarrollada, la verdadera garantía de la revolución internacional, sin la cual toda revolución en Rusia carecía de esperanza. Por esa razón, Bujarin y sus seguidores consideraban la firma de la paz con los imperialistas alemanes como una traición al proletariado alemán, consideraban que el proletariado ruso no estaba cumpliendo su deber internacionalista con el proletariado alemán, la vanguardia europea. Al hacer la guerra revolucionaria, los bolcheviques mantenían al ejército alemán ocupado mientras las fuerzas revolucionarias en Alemania atacaban al imperialismo alemán desde dentro, confluyendo esfuerzos.

Trotsky compartía este punto de vista pero estaba en desacuerdo con la consigna de la guerra revolucionaria porque no tenía sustento práctico: el poder soviético no tenía ejército, había sido desmovilizado, el pueblo ruso estaba cansado de la guerra, la paz había sido una de las consignas bolcheviques que le permitieron ganarse el favor de las masas, las posibilidades de crear un nuevo ejército en el corto plazo para hacer frente a Alemania eran remotas. Si bien no creía en la practicidad de la guerra revolucionaria, también consideraba que la firma de la paz de Brest-Litovsk era una traición al proletariado alemán y a las luchas de los pueblos que quedaban a merced del imperialismo alemán (Ucrania, Polonia, etc.) como consecuencia del tratado. Su consigna de “Ni guerra ni paz”, era el camino de dejar que las cosas se desenvuelvan solas.

Lenin, sin embargo, no consideraba marxista renunciar o sacrificar la conquista real y tangible del proletariado ruso en aras de una revolución que aún no daba señas de estallar; consideraba que el proletariado ruso ayudaría mejor a la revolución en Alemania, sosteniéndose en el poder y fortaleciendo su economía para crear las condiciones objetivas y materiales para una ayuda más consistente a la revolución mundial. Desde ese punto de vista, estaba dispuesto a firmar un tratado de paz por más desfavorable que fuese, si éste le permitía mantener y consolidar el poder soviético, aunque fuere en un territorio mermado. Lenin, al igual que todos los bolcheviques, creía en la inminencia de la revolución internacional:

"Si el partido bolchevique se ha hecho  cargo de todo, lo ha hecho convencido de que la revolución madura en todos los países, y que, a la  larga –y no a la corta–, cualesquiera que fuesen las dificultades que hubiéramos de atravesar,  cualesquiera que fuesen las derrotas que tuviésemos deparadas, la revolución socialista internacional tiene que venir, pues ya viene, tiene que madurar, pues ya madura y llegará a madurar del todo. Nuestra salvación de todas estas dificultades –repito– está en la revolución europea. Partiendo de esta verdad, verdad completamente abstracta, y orientándonos por ella, tenemos que cuidar de que esta verdad no se convierta con el tiempo en una frase huera, ya que toda verdad abstracta, aplicada sin sometimiento a ningún análisis, se convierte en una frase huera. Si decís que tras cada huelga se oculta la hidra de la revolución y que quien no lo comprende no es socialista, habréis dicho una verdad. En efecto, tras cada huelga se oculta la revolución socialista. Pero si decís que cada huelga constituye un paso directo hacia la revolución socialista, habréis dicho una frase huera. Hemos oído esta eterna cantinela hasta la saciedad, hasta el punto de que los obreros han desechado todas estas frases anarquistas, pues tan indudable es que tras cada huelga se esconde la hidra de la revolución socialista como absurda por completo la afirmación de que de cada huelga se puede pasar a la revolución. Tan indiscutible en absoluto es que todas las dificultades de nuestra revolución sólo podrán ser superadas cuando madure la revolución socialista mundial, que está madurando ahora en todas partes, como absurda por completo la afirmación de que no debe preocuparnos cada dificultad determinada, concreta, del momento, de nuestra revolución, diciendo: “Baso mis cálculos en el movimiento socialista internacional y, por tanto, puedo hacer toda clase de tonterías”. “Liebknecht me sacará de apuros, pues él triunfará de todas las maneras”. Organizará las cosas de tal modo y señalará todo de antemano de tal modo que no tendremos más que tomar los modelos ya acabados, de igual manera que tomamos de Europa Occidental la doctrina marxista ya acabada, quizás gracias a lo cual haya triunfado esta doctrina en Rusia en unos cuantos meses, mientras que para su triunfo en Europa Occidental han sido precisas decenas de años. Así pues, este trasplante del viejo método de resolver el problema de la lucha mediante una marcha triunfal al nuevo periodo histórico constituye una aventura que no conduce a nada; este nuevo período histórico que ya ha llegado, nos coloca ante un bandido internacional, el imperialismo de Alemania, donde la revolución está madurando, pero donde, indudablemente, no ha madurado todavía, y no ante esos baldragas de Kerenski y Kornílov…"
(Lenin, "Informe Político del CC, VII Congreso Extraordinario del PC (b) de Rusia", marzo de 1918, O.E. en 12 tomos, t. 8, Progreso, Moscú, 1973)

A diferencia de Bujarin y Trotsky, Lenin era un político y un táctico de primera línea como lo demostró en 1917, no se quedaba a la espera de los acontecimientos. La revolución europea estallará, se ha retrasado, por lo tanto hay que tomar medidas hasta que se materialice; en lo inmediato, hay que saber adaptarse. Las cosas se han dado de un modo no previsto: “¿entonces qué?”. Esto le dice Lenin a los bolcheviques:

“…Si bien es verdad que el comienzo de la revolución europea se ha retrasado, no lo es menos que nos esperan las derrotas más duras, porque no tenemos ejército, porque carecemos de organización, porque no podemos resolver ahora estos dos problemas. Si no sabéis adaptaros, si no estáis dispuestos a andar a rastras por el fango, no sois revolucionarios, sino unos charlatanes. Y yo no propongo que marchemos así porque me guste, sino porque no nos queda otro camino, porque la historia está lejos de sernos favorable hasta el punto de hacer que la revolución madure simultáneamente en todas partes.”

“…Sí, nosotros veremos la revolución internacional mundial; pero, mientras tanto, esto constituye un magnífico cuento, un hermoso cuento. Comprendo perfectamente que a los niños les gusten mucho los cuentos hermosos. Pero yo pregunto: ¿es propio de un revolucionario serio creer en cuentos? En todo cuento hay algo de realidad: si ofrecieseis a los niños un cuento en el que el gallo y el gato no hablasen como las personas, los niños perderían todo interés por dicho cuento. Exactamente igual que si dijerais al pueblo que la guerra civil en Alemania tiene que llegar, y al mismo tiempo garantizáis que, en lugar del choque con el imperialismo, vendrá una revolución mundial en los frentes; el pueblo dirá que lo engañáis. Sólo en vuestra imaginación y en vuestros deseos pasáis por las dificultades que ofrece la historia. Está bien si el proletariado alemán se halla en condiciones de alzarse. Pero, ¿lo habéis medido, habéis hallado un instrumento capaz de precisar el día en que va a nacer la revolución alemana? No. no lo sabéis, ni nosotros tampoco. Os lo jugáis todo a una carta. Si la revolución se desencadena, todo se ha salvado. ¡Naturalmente! Pero ¿y si no lo hace como nosotros queremos y se le ocurre no triunfar mañana? ¿Entonces, qué? Entonces las masas os dirán que habéis actuado como unos aventureros, que os lo habéis jugado todo a una carta, esperando un curso feliz de los acontecimientos que no advino, y, por tanto, no servís para la situación que se ha creado en lugar de la revolución mundial, que tiene que llegar sin falta, pero que todavía no ha madurado.”

(Lenin, “Informe Político del CC, VII Congreso Extraordinario del PC (b) de Rusia", marzo de 1918, O.E. en 12 tomos, t. 8, Progreso, Moscú, 1973)

Los tratados con el imperialismo: ¿traición?

Los seudoizquierdistas criticaron a Lenin por el tratado de Brest-Litovsk, así como años después criticarían a Stalin por el Pacto Molotov-Ribbentrop, los acuerdos de Yalta y otros. Los principios de las relaciones internacionales del poder soviético con los países capitalistas fueron establecidos también por Lenin en el debate sobre el tratado de Brest-Litovsk.

“…Es ridículo desconocer la historia militar, desconocer que un tratado es el medio de acumular fuerzas: he aludido ya a la historia prusiana. Hay quienes piensan, por cierto, como niños: firmar un tratado significa venderse a Satanás, ir al infierno. Eso es sencillamente ridículo, pues la historia militar demuestra con claridad meridiana que la firma de un tratado en caso de derrota es el medio de acumular fuerzas. La historia conoce casos en que las guerras se han sucedido unas a otras; hemos olvidado todo eso, y vemos que la vieja guerra se transforma en... [en el acta faltan algunas palabras]. Si os place, ataos para siempre con consideraciones formales y entregad los puestos de responsabilidad a los eseristas de izquierda. Nosotros nos hacemos responsables de eso. En lo que digo no hay ni sombra de escisión. Estoy convencido de que la vida os hará aprender. El 12 de marzo no está tan lejos y os proporcionará datos abundantes.

El camarada Trotsky dice que eso será una traición en todo el sentido de la palabra. Yo afirmo que ese punto de vista es absolutamente erróneo. Para demostrarlo concretamente, expondré un ejemplo. Dos hombres van por un camino, son atacados por otros diez hombres; uno de los dos primeros se defiende, el otro huye: eso es una traición. Pero supongamos que se trata de dos ejércitos de cien mil hombres cada uno, y que tienen enfrente cinco ejércitos; un ejército es cercado por doscientos mil hombres; el otro debe acudir en su ayuda, mas sabe que trescientos mil hombres están dislocados en una emboscada: ¿puede prestar ayuda? No, no puede. Eso no es una traición, no es cobardía; el simple aumento del número ha modificado todos los conceptos y cada militar sabe que en ese caso no se trata de un concepto personal: al proceder así, yo conservo mi ejército, aunque hagan prisionero al otro; renovaré mi ejército, tengo aliados, esperaré, los aliados llegarán. Sólo así se puede razonar; pero cuando las consideraciones militares se mezclan con otras, no resultan más que frases. Así no se puede hacer política.

Hemos hecho todo lo que podía hacerse. Con la firma del tratado hemos conservado a Petrogrado, aunque sólo sea por unos cuantos días. (Que no se les ocurra a los secretarios y taquígrafos escribir esto.) En el tratado se nos ordena sacar nuestras tropas de Finlandia, tropas evidentemente inservibles; pero no se nos prohíbe introducir armas en Finlandia…”.

(Lenin, “Discurso de resumen de la discusión del informe político del CC, VII Congreso Extraordinario del PC (b) de Rusia”, marzo de 1918, O.E. en 12 tomos, t. 8, Progreso, Moscú, 1973).

Nuevamente, un “perspicaz” advertirá que Lenin dice “en caso de derrota”, sin esforzarse en entender que en realidad se refiere a condiciones de inferioridad.

Importancia del debate sobre la paz de Brest-Litovsk

El debate de Brest-Litovsk tiene una importancia que va más allá de lo simplemente histórico, que va más allá de lo “anecdótico” (para referirnos a la posición asumida por Trotsky). En ese debate, Lenin desarrolló aún más la teoría de la revolución proletaria, la teoría del socialismo en un solo país y el principio del internacionalismo proletario.

Tres enseñanzas fundamentales podemos extraer de la posición de Lenin en este debate.

1) Con la victoria del socialismo en un solo país o en un grupo de países, los obreros sí tienen patria, la patria socialista, aunque no vivan en ella; es la idea del socialismo como patria, definida como base de apoyo de la revolución proletaria mundial y escenario de la materialización de los principios marxista-leninistas de construcción del socialismo; patria socialista que el proletariado revolucionario internacional y los partidos marxista-leninistas tienen el deber y el derecho de defendery ampliar.

2) El principio del internacionalismo proletario tiene como piedra de toque el principio que establece que “el socialismo es superior”, que en última instancia tiene que ver con la cuestión de la dictadura del proletariado. Este principio establece que “los intereses del socialismo están por encima de los intereses del derecho de las naciones a la autodeterminación…”, que los intereses de la revolución victoriosa están por encima de los intereses de la revolución por venir o en desarrollo, que los intereses del país del socialismo están por encima de los intereses de las democracias populares, que la patria que los obreros deben defender es el país de la dictadura del proletariado, que el proletariado debe luchar por fortalecer y ampliar esa patria socialista.

3) El deber internacionalista de los países de dictadura del proletariado en relación con la revolución proletaria mundial es:
  • lograr tener las manos libres durante cierto tiempo para proseguir y consolidar la revolución socialista triunfante;
  • expropiar a los capitalistas y organizar la producción socialista dentro de sus fronteras;
  • crear a la vez una firme base económica para un poderoso Ejército Rojo Obrero y Campesino
  • rehuir la contienda militar –mientras sea posible, aún a costa de durísimos sacrificios, precisamente para tener la posibilidad de hacer algo serio en el momento en que estalle “la batalla final y decisiva”. (Esa batalla sólo estallará cuando se desencadene la revolución socialista en los países imperialistas avanzados).
  • los intereses de la revolución internacional requieren que el Poder socialista, que ha derribado a la burguesía en el país, ayude a esta revolución, pero que elija una forma de ayuda proporcionada a sus fuerzas.
  • no ayudaríamos, sino que obstaculizaríamos el proceso de maduración de la revolución alemana si “aceptásemos la posibilidad de la pérdida del Poder soviético”.
Nuevamente: “los obreros no tienen patria”

La restauración del capitalismo en la URSS, China, Albania y demás países socialistas han puesto una vez más en vigencia el principio marxista que dice que “los obreros no tienen patria”.

La desaparición del campo socialista y la restauración del capitalismo en los países socialistas constituyen una derrota del proletariado internacional. La traición revisionista y la debilidad de los partidos marxista-leninistas permitieron que la patria socialista se perdiera.

Pero esta derrota es temporal: la profundización de la crisis del sistema capitalista mundial, la creciente lucha del proletariado revolucionario y los movimientos democrático-revolucionarios en el mundo, bajo la dirección de verdaderos partidos marxista-leninistas, permitirán una nueva conquista que nos devuelva una patria socialista que abra el camino para "cambiar al mundo de base, hundiendo al imperio burgués".

martes, 28 de agosto de 2012

Las caminatas de Marx y Engels


Engels se mudó a Londres en 1868, luego de vivir durante dieciocho años seguidos en Manchester, lugar donde su familia tenía una fábrica textil –Ermen & Engels Co.– en sociedad con otros capitalistas alemanes. Para entonces, había concluido el compromiso contraído con su padre, de velar por los intereses familiares en la firma mencionada; compromiso que contrajo como salida a la persecución iniciada por la reacción contra los activistas de la revolución de 1848-849 y también como medio de velar por la seguridad económica de Marx durante los años de elaboración de El Capital. (Sólo puso una condición: abandonaría todo apenas estallara la revolución… que no estalló hasta 1871… en París)

Al llegar a Londres estableció su residencia en el 122 Regent’s Park Road en Primerose Hill (señalado con el Nº 1 en la imagen).
 
Marx vivió en Londres desde 1850, cuando llegó después de las derrotas de las revoluciones de 1848, básicamente el mismo motivo que obligó a Engels a dirigirse a Manchester. Luego de varios cambios de domicilio, Marx vivió desde 1856 en el 9 de Grafton Terrace (Nº 5 en la imagen); en 1875, se mudó a la vuelta de la esquina, al 41 de Maitland Park Road (Nº 4 en la imagen). Ambas residencias están ubicadas en el área denominada Kentish Town.

El lugar Nº 2 de la imagen representa al pub The Queens, ubicado frente a la casa de Engels, desde donde probablemente era espiado: Engels recibía diariamente, en su domicilio, a los líderes del socialismo inglés e internacional y mantenía correspondencia con los principales centros revolucionarios del mundo.

Todos los días, Engels salía de su casa en Primerose Hill, situada en el punto 1, caminaba hacia el punto 3, cruzando las líneas del tren, y se dirigía hacia Kentish Town, a encontrarse con Marx en el punto 5 (donde Marx vivió entre 1856-1875) o en el 4 (donde Marx vivió entre 1875-1883). La mayoría de las veces permanecían conversando en la habitación de Marx. Y cuando salían a caminar, seguían la ruta de Southhampton Road y Roderick Road, hasta llegar a Hampstead Heath (Nº 6 en la imagen). Llegados a ese punto, tomaban el camino de regreso. En esas caminatas de alrededor de 11 kilómetros, los fundadores del socialismo científico discutían y desarrollaban las ideas que harían temblar a la burguesía capitalista y armarían al proletariado con la teoría revolucionaria para cumplir con su misión histórica.

Siguiendo hacia el norte de Gospel Oak, en la parte superior derecha de la imagen, se llega al cementerio de Highgate, donde se encuentra enterrado Marx.


Nota: Basado en el artículo "Walking with communists in Hampstead" y en la biografía de Engels escrita por Tristam Hunt.

lunes, 20 de agosto de 2012

La cuestión de Stalin: Posición marxista-leninista

Fragmento de: Enver Hoxha, "Nuestro Partido desarrollará como siempre con consecuencia, audacia y madurez la lucha de clases" (De una conversación con Chou En-lai [1], 24 de junio de 1966)
El agua duerme, el enemigo no, sentencia nuestro pueblo. Pobres de los que se duermen. Esto no sucederá con los partidos marxista-leninistas y con ninguno de los revolucionarios, si mantienen afilada la espada de la dictadura del proletariado, la lucha de clases, la vigilancia revolucionaria, si continúan sin cesar la lucha contra el imperialismo, contra el revisionismo moderno, contra los reaccionarios internos y externos.
 
El enemigo de clase es astuto, brutal, por eso debemos ser severos en extremo, implacables y luchar a vida o muerte con él. El enemigo no perdona, por ello nosotros no sólo no debemos darle cuartel, sino liquidarlo desde sus propias raíces. No debemos alimentar ilusiones respecto al enemigo ni hacerle concesiones. Este ha sido y es el principio que ha guiado y guía a nuestro Partido.

La catástrofe que sobrevino en la Unión Soviética, en los países europeos de democracia popular y en numerosos partidos comunistas y obreros del mundo, no se debe consentir en nuestros países y partidos. Y no sólo no se debe consentir jamás, sino que para nosotros es una tarea vital, una gran tarea internacionalista, junto con los demás partidos marxista-leninistas del mundo, con los grupos revolucionarios marxista-leninistas y todos los marxista-leninistas[2], en unidad de pensamiento marxista-leninista, en unidad de acción revolucionaria, a la cabeza de los pueblos, ascender la corriente luchando, invertir la situación en el movimiento comunista internacional, desenmascarar, para después vencer y desbaratar a los revisionistas y a sus patrones imperialistas.

Desde luego, lo sucedido en la Unión Soviética, independientemente de los métodos putschistas y fascistas utilizados por los revisionistas jruschovistas para usurpar el poder, no fue un fenómeno espontáneo, sino preparado por ellos con tiempo. Esto lo demuestra el hecho de que Jruschov y sus principales colaboradores en el putsch, han figurado antes de la muerte de Stalin entre los principales dirigentes que actuaban bajo cuerda, preparaban y esperaban el momento apropiado para una acción a escala amplia y abierta. Es un hecho que estos traidores eran conspiradores curtidos con la experiencia de los diversos contrarrevolucionarios rusos, con la experiencia de los anarquistas, los trotskistas, los bujarinistas y conocían además la experiencia de la revolución y del Partido Bolchevique. No hacían nada por la revolución, contrariamente hacían todo lo posible por minar la revolución y el socialismo, escapando a los golpes de la revolución y de la dictadura del proletariado. En una palabra, eran contrarrevolucionarios y actuaban como gente con dos caras. Por un lado cantaban loas al socialismo, a la revolución, al Partido Comunista Bolchevique, a Lenin y a Stalin y, por otro, preparaban la contrarrevolución.
 
Ante todos nosotros se plantea la pregunta: ¿Por qué no fueron descubiertos y golpeados a tiempo? Descubrir y golpear en el momento preciso es de decisiva importancia para no permitir que el microbio se multiplique y se fortalezca en un cuerpo afectado por la enfermedad. Es imprescindible hacer un diagnóstico exacto para combatir y eliminar la enfermedad y para impedir que reaparezca y constituya nuevamente un peligro.

Nuestro Partido desarrolla desde hace más de 20 años una lucha dura, incesante e indoblegable, contra el revisionismo moderno titista y tiene absolutamente claros el origen, la línea, la estrategia, la táctica y los métodos de lucha de esta agencia de la burguesía y del imperialismo. Nuestro Partido está luchando de manera activa y con todas sus fuerzas contra el revisionismo jruschovista desde que asomó las orejas. En esta lucha ha obtenido una gran experiencia que ha venido a sumarse a la lograda en la lucha contra los titistas.

La línea seguida por Stalin, durante toda su vida y hasta el momento de su muerte, en opinión de nuestro Partido, ha sido una línea correcta marxista-leninista, revolucionaria.

Veamos la cuestión de la lucha de clases. No se puede criticar a Stalin ni en lo más mínimo por una actitud oportunista hacia las potencias capitalistas e imperialistas. Al contrario, desarrolló contra ellas una lucha dura, implacable y diente por diente. Sus obras teóricas y políticas así como la actuación de la Unión Soviética en la arena internacional lo prueban. En caso de que puedan encontrarse en la política de la Unión Soviética durante todo el período de Stalin puntos débiles en la táctica, impuestos por las diversas circunstancias, por los retrocesos tácticos, o por no haber sopesado bien, por falta de datos o de análisis completos, las diversas circunstancias, éstos no constituyen lo principal. Lo principal ha sido correcto. Esta fue una victoria colosal para la Unión Soviética, para el movimiento comunista internacional y para los pueblos que lucharon y luchan contra las potencias imperialistas y el fascismo. A la luz de los acontecimientos actuales aparece aún más claramente que la justeza de esta posición de clase ha sido mérito de Stalin, ya que, después de su muerte, sus colaboradores más cercanos, con los jruschovistas entre ellos, arrastraron por el fango esta bandera.

Veamos en líneas generales la lucha de clases en el interior de la Unión Soviética, después de la Revolución y durante toda la vida de Stalin. En opinión de nuestro Partido, no se observan errores de principio en la línea del Partido Bolchevique en el tiempo de Stalin, aunque en las tácticas, en las formas y en los métodos podemos encontrar errores, que a su vez deben ser juzgados por nosotros en las circunstancias y coyunturas del momento y no con la visión de hoy y la gran experiencia acumulada por nuestros partidos.

Durante toda la vida de Stalin no se puede decir que se melló o ablandó la dictadura del proletariado. Muy al contrario, ésta golpeó política, económica y militarmente de modo implacable al enemigo de clase y lo liquidó sin piedad. Tras el triunfo de la Revolución, tras la toma del poder, después de la intervención y la NEP, las clases explotadoras capitalistas de la ciudad y del campo en la Unión Soviética sufrieron, por decirlo de algún modo, un golpe colosal y radical. Económicamente quedaron, como dice la expresión, en cueros.

Pero no podemos decir que, mientras Stalin vivió, la dictadura del proletariado en la Unión Soviética actuara de manera unilateral únicamente en la liquidación de la fuerza económica de las clases explotadoras y descuidara o relajara la lucha política e ideológica contra ellas. Por el contrario, también la lucha política e ideológica era colosal. Esto lo prueba cabalmente la lucha concreta y diaria de Stalin, del Partido Bolchevique, de todo el pueblo soviético, lo confirman los escritos políticos e ideológicos de Stalin, los documentos y las decisiones del Partido Comunista de la Unión Soviética, lo confirman la prensa y la propaganda masiva de aquel tiempo contra los trotskistas, los bujarinistas, los zinovievistas, los tukachevski y miles de traidores más. A esto no se le puede dar otro nombre que dura lucha de clases política e ideológica, en defensa del socialismo, de la dictadura del proletariado, del partido y de los principios del marxismo-leninismo.

En esto Stalin posee grandes méritos, se comportó como un gran marxista-leninista de principios claros, de gran audacia y serenidad, de madurez y clarividencia propias del revolucionario marxista. Sólo si pensamos en la fuerza que tenía en aquel momento el enemigo exterior e interior de la Unión Soviética, el único país socialista en el mundo, las astucias, la desenfrenada propaganda, las diabólicas tácticas del enemigo, podemos valorar debidamente la correcta actuación de Stalin a la cabeza del Partido Comunista de la Unión Soviética.

¿Ha habido errores, excesos, definiciones a veces no rigurosamente exactas? Seguramente que sí. Ahora podemos analizarlos y valorarlos más correctamente en su contexto, en las circunstancias creadas y las consecuencias que hubiese tenido en aquel momento actuar de forma diferente. Pero lo principal permanece y es correcto. Es difícil criticar a Stalin por violar o no defender los principios leninistas, es difícil o imposible acusarle de manifestaciones oportunistas en la línea, de miopía en la política y la ideología proletarias. La vigilancia revolucionaria de Stalin se aprecia también en los últimos años de su vida. Descubrió y desenmascaró la actividad traidora y revisionista de Tito y del titismo [3]. Esto representa un gran mérito de Stalin.

Antes de morir –y esto ha sido confirmado por el mismo Jruschov– Stalin dijo a los dirigentes soviéticos que tenía miedo de que fueran a arrodillarse ante el imperialismo. Y así sucedió. ¿Fue esto falta de vigilancia por parte de Stalin? ¿Se trata de una expresión casual o de una conclusión, una reflexión profunda de un gran revolucionario que veía lejos y ponía al corriente al partido y al pueblo para que tuviesen los ojos abiertos, para que fuesen vigilantes e hicieran frente a los peligros que podían amenazarles en el futuro? Esta última conclusión es la verdad para nuestro Partido.

Entonces si las cosas son así, se plantea la pregunta, ¿por qué el Partido Comunista Bolchevique y el pueblo soviético permitieron a los revisionistas tomar el poder?

La toma del poder desde dentro por parte de los revisionistas modernos soviéticos, sin armas ni violencia, por así decirlo, es un fenómeno nuevo. De hecho Stalin, pensamos nosotros, no había previsto esto, particularmente para la Unión Soviética. El jamás menospreció la agresividad de los elementos de las clases explotadoras que cuanto más se aproximan a su tumba, más brutalmente combaten al socialismo y a la dictadura del proletariado, pero, en la situación en la que se encontraban estos restos, opinamos que Stalin, juzgando sólida la situación interna, valoraba, y no sin razón, que era el imperialismo exterior el aliado que podía resucitarlos.

Stalin puso el acento en el peligro exterior, y podemos decir que no previó en toda su amplitud la peligrosidad de los elementos revisionistas, que, por diversas circunstancias subjetivas y objetivas, podían surgir en el interior del partido y del Estado socialista, y de manera gradual, intencionadamente o no, de manera consciente o no, con un plan organizado o sin él, se transformaran en una corriente antimarxista particularmente en el seno del Partido Comunista de la Unión Soviética y en la misma Unión Soviética. Tenía la convicción de que si surgía una actividad hostil al partido, en el interior de éste, podía desarrollarse, organizarse en sus formas ordinarias, pero tenía asimismo gran confianza en que sería golpeada y liquidada en las formas normales y con los métodos con que fueron desenmascaradas y liquidadas todas las demás. El hecho es que esta vez, con los revisionistas modernos, no sucedió como habitualmente con la actividad antipartido.

Sin embargo la actuación del Partido Comunista Yugoslavo y del grupo titista, Stalin la vio con más perspicacia y llegó a conclusiones correctas. Esto lo testimonian las cartas dirigidas a Tito y los documentos del Kominform, documentos que revisten una gran importancia y que cuando los leemos, particularmente hoy, podemos juzgar aún mejor cuán justos han sido los puntos de vista de clase de Stalin.

Los cabecillas revisionistas jruschovistas escondían muy bien los pies, actuando encubiertos con la bandera roja de Stalin.

Nosotros pensamos que han existido contradicciones, han existido fricciones en la dirección de la Unión Soviética y no podemos aceptar la absurda tesis de los jruschovistas de que ningún dirigente podía abrir la boca para manifestar su opinión porque temía a Stalin. Por lo que hemos llegado a saber, Stalin incluso calificó a Jruschov de populista, criticó a Voroshilov, e hizo lo mismo con Molotov y otros. Así pues, por un lado debemos concluir que Stalin no era un miope político, y por otro, que no siempre utilizaba la bala y el terror, como pretenden los enemigos, sino por el contrario la persuasión y la confrontación de opiniones.

Independientemente de que no conocemos los documentos internos que determinan muchas cosas, es un hecho que Stalin no detectó la peligrosidad de los traidores Jruschov, Mikoyán y otros, y la Gran Guerra Patria desempeñó un gran papel en esta cuestión. Si podemos culpar a Stalin de algo es de que en los años de la postguerra, y particularmente en los últimos de su vida, no percibió que el pulso de su partido no latía como antes, que el partido había perdido y perdía su ímpetu revolucionario, se había esclerotizado y, a pesar de los heroísmos de la Gran Guerra Patria, no se restableció debidamente, de lo que se aprovecharon los traidores jruschovistas. Aquí, pienso yo, y creo no equivocarme, debemos buscar el origen del drama ocurrido en la Unión Soviética.

La edificación del socialismo en la Unión Soviética y la lucha contra el enemigo exterior, al igual que contra el interior, se desarrolló con un elevado espíritu revolucionario por parte del Partido Comunista de la Unión Soviética y de Stalin que lo dirigía. Los golpes implacables y justos contra los trotskistas, los bujarinistas y otros, eran la conclusión lógica de esta gran lucha de clases.

Toda esta lucha compleja y multilateral elevó la justa autoridad de Stalin y del Comité Central del Partido Comunista Bolchevique de la Unión Soviética. Esto fue positivo, pero con los métodos y las formas de trabajo que se utilizaron en la orientación del partido, se llegó a un resultado contrario.

Si se hace un análisis detallado de las directrices políticas, ideológicas y organizativas de Stalin para la dirección y la organización del partido, para la lucha y el trabajo, en general no se encontrarán errores de principio, pero veremos que el partido se burocratizó paulatinamente, quedó envuelto en el trabajo rutinario y el peligroso formalismo que constriñen al partido, que sofocan su espíritu e ímpetu revolucionarios. El partido se cubría de una pesada herrumbre, de una apatía política, pensando erróneamente que sólo la cabeza, sólo la dirección actúa y lo soluciona todo. Fue una concepción semejante en el trabajo la que condujo a la situación en que por todos los lados y para todo se dijera: «esto lo sabe la dirección», «el Comité Central lo sabe todo», «el Comité Central no se equivoca», «esto lo ha dicho Stalin y se acabó». Muchas cosas podía no haberlas dicho Stalin, pero se decían en su nombre. Los aparatos y los funcionarios se convirtieron en «omnipotentes», en «infalibles» y actuaban de modo burocrático bajo las fórmulas del centralismo democrático, de la crítica y la autocrítica bolcheviques, que ya no eran bolcheviques. No hay duda de que fue así como el Partido Bolchevique perdió su vitalidad anterior, vivía con fórmulas correctas, pero que no eran más que fórmulas; obedecía pero no actuaba por sí mismo.

En estas condiciones las medidas administrativas burocráticas comenzaron a prevalecer sobre las revolucionarias. Las correctas medidas revolucionarias adoptadas contra los enemigos de clase, con estos métodos y formas burocráticas de trabajo, en lugar de tener el efecto debido producían el contrario y fueron utilizadas por los burócratas para crear el miedo en el partido y entre el pueblo. La vigilancia revolucionaria ya no era operante, porque había dejado de ser revolucionaria, independientemente de que fuera pregonada como tal. De ser una vigilancia de partido y de las masas se estaba transformando en una vigilancia del aparato burocrático y se transformaba de hecho, si no en su totalidad, sí desde el punto de vista de las formas, en una vigilancia de las fuerzas de seguridad y de los tribunales.

Es comprensible que en estas condiciones, en el Partido Comunista de la Unión Soviética echaran raíces y se ampliaran entre los comunistas y en la conciencia de muchos de ellos sentimientos y puntos de vista no proletarios, no de clase. Se desarrollaban el arribismo, el servilismo, la charlatanería, el favoritismo, la moral antiproletaria, etc., que corroían al partido desde dentro, sofocaban el espíritu de la lucha de clase y de los sacrificios y estimulaban la búsqueda de una vida «buena», cómoda, con privilegios, con beneficios personales, con el menor trabajo y esfuerzos posible. «Trabajamos, luchamos y vencimos para este Estado socialista, ahora disfrutemos y aprovechémonos, somos intocables, el pasado nos lo justifica todo», esta mentalidad burguesa y pequeñoburguesa se estaba creando y representaba un gran peligro el hecho de que estaba afectando también a los viejos cuadros del partido con un pasado bueno y de origen proletario, quienes debían ser ejemplo de pureza para los demás. Muchos de los que sabían utilizar bien las palabras, las frases revolucionarias, las fórmulas teóricas de Lenin y de Stalin, que cosechaban los laureles del trabajo de los demás y daban y estimulaban el mal ejemplo, estaban situados en la dirección, en los aparatos. Se estaba creando en el Partido Comunista de la URSS una aristocracia obrera de cuadros burócratas.

Este proceso de degeneración se desarrollaba desgraciadamente bajo las consignas «alegres» y «prometedoras» de que «todo va bien, normalmente, dentro de las normas y las leyes del partido», que de hecho estaban siendo violadas, bajo las consignas de que la «lucha de clases continúa y es llevada a cabo», «se mantiene el centralismo democrático», «la crítica y la auto crítica continúan como antes», «existe una unidad férrea en el partido», «ya no hay elementos fraccionalistas y antipartido», «ya pasó el tiempo de los grupos trotskistas, bujarinistas», etc., etc. Este deformado concepto de la situación, y aquí reside la esencia del drama y el error fatal, era considerado incluso por los elementos revolucionarios como una realidad normal en general, por tanto se pensaba que no había razón para alarmarse, porque los enemigos, los ladrones, los que infringían la moral eran condenados por los tribunales, los militantes indignos eran expulsados del partido como siempre, y como siempre ingresaban otros nuevos, los planes se cumplían, aunque había también de los que no se cumplían, la gente era criticada, condenada, elogiada, etc. La vida, según ellos, seguía su curso normal y a Stalin se le informaba que «todo marcha normalmente». Estamos convencidos de que Stalin, como gran revolucionario que era, si hubiese conocido realmente esta situación en el partido, hubiese dado un golpe demoledor a este espíritu enfermizo, y el partido y el pueblo soviético se habrían puesto todos en pie, porque con razón tenían gran confianza en Stalin.

Pero si no dio Stalin este golpe ¿será porque conciliaba con esta situación enferma, porque se equivocaba política e ideológicamente en los principios? ¡De ninguna manera! Nosotros pensamos que en esto debe defenderse a Stalin hasta el fin. Stalin puede ser criticado porque en los últimos años de su vida debilitó los vínculos con las masas del partido y del pueblo, pero esto sucedió sólo físicamente y nunca ideológica y políticamente. Tenía confianza en los cuadros, pero no se puede decir que sólo tuviera confianza en ellos y que no la tuviera o la hubiera perdido en la gente sencilla, en las masas del partido y del pueblo.

Los aparatos no sólo no informaban correctamente a Stalin, y deformaban de forma burocrática sus justas directrices, sino que habían creado también una situación entre el pueblo y en el partido, que incluso cuando Stalin, en la medida en que se lo permitía su edad y su salud, iba junto a las masas del partido y del pueblo, éstas no le informaban de las deficiencias y los errores que se daban, porque los aparatos habían inculcado en la gente la concepción de que «no debemos molestar a Stalin».

En cuanto al llamado culto a la personalidad de Stalin, los traidores jruschovistas lo extendieron de forma intencionada para utilizarlo ampliamente contra el marxismo-leninismo, tal como sucedió. Nosotros pensamos que Stalin, por su obra y su lucha, fue un gran marxista. Era un hombre sencillo y no tenía necesidad de que la prensa y la propaganda soviéticas le exaltasen de aquel modo mientras vivía. En cuanto a esta cuestión pensamos que Stalin, personalmente, no adoptó medidas severas que equilibraran de manera marxista-leninista y liquidaran los numerosos aspectos negativos y peligrosos de esta propaganda, que puede encerrar y como los hechos demostraron, encerraba graves peligros, porque tras la desequilibrada propaganda a Stalin se escondían también los enemigos y traidores como Jruschov y Cía., que gritaban más que nadie y ocultaban su complot tras esta máscara. Después de la muerte de Stalin se vio claramente cómo estos traidores utilizaron esta desenfrenada propaganda, no sólo contra Stalin, no sólo contra la Unión Soviética, sino también contra el marxismo-leninismo a escala internacional.

No debemos hacer responsable a Stalin de las culpas y errores de los que no es autor, que no ha querido que se hicieran y que si los hubiese detectado, los habría golpeado implacablemente como revolucionario que era. Por tanto, las graves culpas recaen sobre muchos otros, grandes y pequeños, y también sobre el Partido Comunista de la Unión Soviética en su conjunto, porque no supo luchar y reaccionar enérgicamente y de forma revolucionaria, sobre la base de la teoría marxista-leninista militante, contra las deformaciones burocráticas, lo que condujo a deformaciones ideológicas y políticas, a la creación de la corriente de los revisionistas modernos, quienes tomaron el poder desde dentro, esperando el momento oportuno, la muerte de Stalin.

Mikoyán nos ha afirmado que en una ocasión habían decidido atentar contra la vida de Stalin, asesinarle, pero luego desistieron. Esto no prueba únicamente los objetivos criminales de estos bandidos, sino también que, cuando resolvieron asesinar a Stalin, debían estar en peligro de ser descubiertos. Si hubiesen nevado a cabo este atentado, con seguridad habrían fracasado, se habrían destruido a sí mismos, porque todo el partido y el pueblo les habrían despedazado. Según parece, aguantaron un poco más. Así pues, este grupo de conspiradores putschistas y traidores conocían la situación en el partido, conocían a los cuadros, sus deficiencias y debilidades, calladamente habían colocado en posiciones clave a los suyos y habían preparado con tiempo su táctica y su estrategia. Y tiene gran importancia analizar esto.

Molotov y sus compañeros eran viejos revolucionarios, comunistas honestos, pero eran representantes típicos de la rutina burocrática, de la «legalidad» burocrática y, cuando intentaron tibiamente utilizarla contra el evidente complot de los jruschovistas[4], el asunto había terminado ya. La burocracia y la «legalidad» burocrática fueron utilizadas por los traidores, quienes cubrieron el complot palaciego con esta «legalidad» y maniobraron a través de su red y de toda la capa de burócratas de origen proletario, y no de origen kulak o capitalista, feudal, para tomar en sus manos las riendas del partido y de los órganos del poder.

Tras la muerte de Stalin los complotadores jruschovistas maniobraron muy bien con esta «legalidad», con las «reglas del partido», con el «centralismo democrático», con sus lágrimas de cocodrilo por la pérdida de Stalin, preparando paso a paso el torpedeo de su obra, de su persona, del marxismo-leninismo, hasta coronar todo esto en el XX Congreso y en las llamas del fuego que quemó el cuerpo de Stalin. Este es un período lleno de enseñanzas para nosotros los marxista-leninistas porque señala la bancarrota de la «legalidad» burocrática, que constituye un gran peligro para un partido marxista-leninista, porque pone al descubierto los métodos que utilizan los revisionistas para beneficiarse ellos mismos de esa «legalidad» burocrática, porque pone de relieve cómo dirigentes honestos y experimentados, pero que han perdido el espíritu revolucionario de la clase, caen en las trampas de los intrigantes y ceden, retroceden ante los chantajes, la demagogia de los revisionistas traidores enmascarados tres la fraseología revolucionaria.

En este período transitorio de consolidación de su poder, vimos cómo los jruschovistas, alardeando con gran escándalo de que actuaban con «gran espíritu de partido», «liberados de la angustia por el miedo a Stalin», «con formas verdaderamente democráticas y leninistas», trabajaron activamente para organizar las calumnias más monstruosas que únicamente la burguesía había podido lanzar contra la Unión Soviética y Stalin. Toda esta campaña de calumnias apoyaba y pretendía confirmar con documentos supuestamente legales las calumnias de muchos años de los capitalistas contra el marxismo-leninismo. Los jruschovistas utilizaron todo, rebuscaron en los archivos, en los documentes, en las actas de una actividad de décadas, de donde extrajeron opiniones y frases aisladas, que citaron para interpretar a su antojo las tácticas utilizadas, etc. Fueron utilizadas incluso anécdotas, sucesos de la vida personal de la gente, en una palabra, métodos típicos de una actividad trotskista. Y toda esa labor se desarrolló para atacar la correcta estrategia revolucionaria de Stalin, para atacar y minar las normas leninistas, para atacar la ideología marxista-leninista con métodos seudolegales, para desacreditar a Stalin y al socialismo en la Unión Soviética y en el mundo.

La continuación y desarrollo de la actividad traidora de los revisionistas jruschovistas son conocidos. Se han adueñado del Partido Comunista de la Unión Soviética y disponen del apoyo de una amplia capa de miembros del partido que se han burocratizado, que se han transformado y se transforman sistemáticamente en nuevos burgueses. Los restos de las clases explotadoras capitalistas de la Unión Soviética no lograron golpear a la dictadura del proletariado, por ser impotentes y estar desbaratados, pero la ausencia de vigilancia revolucionaria, el marchitamiento de la lucha de clases dentro y fuera del partido, el relajamiento del espíritu revolucionario para todo, la falta de un trabajo político e ideológico profundo, masivo, revolucionario, la burocratización del partido, hicieron que una capa entera de éste perdiese por completo los rasgos del proletariado, del revolucionario, que se aburguesara, crease sus cuadros en el partido y en el estado y tomase el poder en sus manos. Lo que no pudieron hacer los restos de las clases explotadoras, lo hicieron ellos y, ahora, en esta legalidad revisionista vigente, se lleva a cabo su fusión de clase contra la revolución, contra el marxismo-leninismo, contra el socialismo.

A pesar de que en los demás países dominados por los revisionistas modernos se utilizaron los mismos métodos y se persiguieron los mismos objetivos y de que los jruschovistas les ayudaron con todos los medios para que tomasen el poder, para nosotros los marxista-leninistas reviste interés estudiar la estrategia y las tácticas que utilizaron los traidores al marxismo-leninismo y el papel específico que desempeñaron las clases burguesas capitalistas en cada uno de esos países. ¿Por qué? Porque existen acentuadas diferencias en este sentido, existen diferencias en el desarrollo de la lucha de clases, en la intensidad de la lucha de liberación nacional, en el papel de los partidos en esta lucha, en su línea en la lucha por lograr la victoria, por la liberación del país, por la toma del poder, por la organización de éste y la consolidación de la democracia popular. Todo este proceso no se desarrolló de idéntica forma en todas partes. Ha tenido un desarrollo diferente en diferentes países.
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¿Qué deben hacer nuestros dos partidos y Estados, en primer lugar, y todos los partidos marxista-leninistas del mundo? Pensamos que debemos estar plenamente armados política, ideológica, económica y moralmente y continuar la lucha hasta la victoria contra los imperialistas y los revisionistas modernos, la lucha ideológica, política, económica y, cuando lo exija la necesidad de la defensa de nuestros países y de las victorias de la revolución, hacer también la lucha armada.

Esta lucha a vida o muerte se prepara eficazmente entre otras ayudando a los revolucionarios del mundo y particularmente a la revolución en los países revisionistas. Con esto no disminuimos en absoluto, la colosal ayuda, inestimable y completa, que debemos prestar a los pueblos en lucha y a los partidos y grupos marxista-leninistas de los países de Asia, África, Australia y América Latina. Esto es de lo más importante, pero también es fundamental la revolución que debe prepararse y estallar en la Unión Soviética y en los demás países revisionistas...

Nuestro Partido ha expresado algunas de sus ideas, ya sea directamente a su partido, ya sea públicamente a través de la prensa, de cómo se debe organizar esta ayuda y esta lucha de una forma más concentrada a nivel mundial contra el revisionismo moderno. Naturalmente, pueden no ser completas y siempre exactas, pero insistimos de nuevo y somos de la opinión de que nuestros dos partidos deben profundizar en este problema grande y urgente, estudiar y decidir sobre la base de los nuevos acontecimientos y situaciones que se han producido.

Los revisionistas modernos trabajan intensamente, inventan numerosas «teorías» y hacen todo lo posible por combatir la unidad marxista-leninista proletaria internacional, que les resulta mortal. Los jruschovistas, incluyendo a los rumanos, desacreditaron la gran idea de la unidad marxista-leninista internacional, para sustituirla por su hegemonía revisionista. Por eso, nosotros debemos levantar en alto la gran bandera de Marx, Engels, Lenin y Stalin, la bandera de la férrea unidad proletaria internacional, y desbaratar toda hegemonía revisionista.
 
Enver Hoxha Obras Escogidas tomo IV páginas 36-78, Tirana, 1983


[1] Visitó Albania del 24 al 28 de junio de 1966.
[2]  Los partidos y los grupos marxista-leninistas cifraron grandes esperanzas en el respaldo del Partido y de la RP Chinos en tanto que «gran partido marxista-leninista» y «gran país socialista». Pero quedaron defraudados. Respecto a esto el camarada Enver Hoxha, dirigiéndose a una delegación china, recalcaba: «Nos incumbe... en primer lugar a su gran partido y a nuestro Partido dar los primeros pasos para concretar lazos más fuertes, más eficaces con todo el movimiento marxista-leninista mundial, a fin de templar aún más nuestra unidad marxista-leninista y reforzar nuestras acciones comunes contra nuestros enemigos comunes». («Reflexiones sobre China», t. 1, pág. 319, Tirana, 1979, ed. en español).
Keng Piao, entonces director del departamento de relaciones con el exterior del CC del PC de China, en 1973, en una conversación con camaradas de nuestro Partido señaló: «China no aprueba la creación de partidos marxista-leninistas ni desea que los representantes de estos partidos vengan a China» (Véase: Enver Hoxha. «El Imperialismo y la Revolución», pág. 460, Tirana, 1979, ed. en español).
[3] Alusión a los puntos de vista erróneos de los chinos hacia el titismo y Stalin, expresados al camarada Enver Hoxha por el propio Mao Tse-tung en Pekín en 1956 durante los trabajos del VIII Congreso del PC de China (Véase: Enver Hoxha. «Los Jruschovistas» (Memorias), págs. 255-258, Tirana, 1980, ed. en español).
[4] Véase: Enver Hoxha. «Los jruschovistas» (Memorias). págs. 31, 198; Tirana, 1980, ed. en español.
 
 
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